jueves, 9 de septiembre de 2010

Sin remiendos

Alguien cosió el cielo roto, y lo cosió tan bien, que ahora hay un cielo azul, perfecto cielo de verano, cielo sin nubes y sin remiendos.
Esos amenazantes e invernales nubarrones negros, parecen cosa del pasado y no se habla más de la tal tormenta de Santa Rosa.
Hasta un rayo de sol se viene escapando cada mañana para entrar hasta nuestra cama y descansar por un momento en tu frente.
Es cosa de 10 minutos durante los cuales tú te sientes especial, como besado por el sol, como elegido entre los hombres.
Yo mientras tanto miro ese rayo que flota entre la ventana y tus ojos, y me pierdo en la maravilla de las partículas de polvo que danzan, dejándome asistir, aun con tantos siglos de retraso, a la formación del universo.
Entonces me permito pensar que, más que la primavera, está llegando a mi cuarto la esperanza.

Son sólo diez minutos, repito, ¿y después?
El sol de va, tú vuelves a tu sueño profundo y yo me cobijo con las nubes negras de mi desesperanza.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Melancolía

¿Qué es la melancolía? Es esto, esto que estoy sintiendo, esto que no sé cómo se llama. Sí, ya sé, yo lo llamo melancolía, pero, ¿es melancolía esto?
Esto que estoy sintiendo, esto que llamo melancolía, es la pregunta sin respuesta.
El final de una historia que sólo viví yo, se me ha perdido y no sé dónde buscarlo.
¿Cómo encontrarlo?, una historia con un final que desconozco, una película más que me dormí, un poco después del medio, y que no retrocede, que terminó sin mí, que no se inmutó al saber que la protagonista estaba profundamente dormida, y sin beso de príncipe que la despertara al final, sólo un señor de uniforme sacándome de la sala de cine, para terminar de barrer las crispetas desparramadas por el suelo.
Al final de la historia, soy un charquito de gaseosa ya seco, en el que de vez en cuando, y por un segundo, algún pie se queda pegado.

sábado, 17 de julio de 2010

Para decirte que no tengo voz

Cómo te digo que no tengo voz, si de verdad no puedo hablar. No lo entiendo; yo te susurro con más aire y labios que palabras, que no tengo voz y tú insistes en hacerme preguntas. Cómo te explico. Cómo te digo que ¡No puedo decirte nada! No hay respuestas. NO. Esta mañana hay sólo silencios, mudez, palabras atrapadas en los labios. Mi garganta es una cajita de música que ya no suena. Léeme los ojos. Léeme los labios. No-pue-do-ha-blar.

miércoles, 30 de junio de 2010

Mi cielo de retazos

El problema de vivir bajo este cielo de remiendos, es que cuando menos pienso el agua acumulada empieza a llover por entre las costuras. Tiene también sus ventajas, por supuesto, como la de poder hacer a un lado la monotonía agregando un retazo rojo que se sale por completo del cuadro, pero no deja de ser difícil. Además, se viene abajo por pedazos, y no un pedazo a la vez, sino muchos al tiempo. Yo estiro los brazos, empujo con las palmas, tenso los dedos, pero cada vez lo veo más destartalado y los días de sol, tan propicios para sentarse a reforzar las costuras de los remiendos, los veo cada vez más lejanos.

jueves, 17 de junio de 2010

Propósitos

No es tiempo convencional para propósitos, pero ¿qué puedo hacer? Me cogió el día...
Y quiero proponerme ser feliz, porque creía que era muy, muy difícil, y por eso, no me lo había propuesto nunca. Por eso no compraba ningún libro con ese título (y no lo compro todavía, porque no es cosa de libros), pero ya sé que se puede, porque ya conocí gente, o mejor dicho, ya me di cuenta de que siempre había conocido gente que es feliz, y revisando los diferentes casos, llegué a la conclusión de que cumplo con todos los requisitos para entrar en la lista. Cosas pendientes: terminar el ciclo de "La guerra de las galaxias", encandilar mi odio y armarme de una sonrisa permanente (así tenga que sostener los extremos con cinticas).

lunes, 19 de abril de 2010

Tinto

Yo nunca fui muy fanática del tinto (café negro), pero un buen capuchino de vez en cuando o un granizado de café para la sed siempre me tentaron. Pero acá sí que no se puede tomar tinto (café), sólo tinto (vino), porque el tinto (café) es una cosa amarga, muy amarga, con un desagradable sabor a quemado como fondo por el que a uno tienen el descaro de cobrarle, mínimo, $2000, colombianos.
O si no está el capuchino, por la módica suma de $6500, mínimo; un café negro, muy negro, amargo, muy amargo y con el mismo sabor a quemado en el fondo, que te traen en un pocillo alto y estilizado, pero transparente (eso de tomar café en vaso de vidrio no termina de convencerme), y que tiene encima una espuma blanca de leche que debería disimular el terrible sabor del café, pero que no lo logra. Quizás esta receta del capuchino sea más original que la colombiana (por eso de la migración italiana y qué se sho), o quizás la única diferencia sea el vaso de vidrio y, por supuesto, el sabor del café.
Sea como sea, me quedo con la versión colombiana, del café y de lo que lo acompaña, siempre y en cada lugar, porque ya estoy harta, triste y aburrida de pagar $7500 (colombianos) por un tinto asqueroso (que no fui capaz de terminar), un vasito de agua con gas (que no soporto, igual que nunca soporté la Bretaña) y seis pedacitos de pan quemado que insisten en llamar tostadas, junto a un platico con una mantequillita de las que dan en el avión, que insisten en llamar manteca y que hay que pagar aparte, y al mismo precio que las "tostadas", para poder disimular el sabor quemado de ese pan sin nada.

viernes, 2 de abril de 2010

Tengo terraza

Hoy descubrí mi terraza. Bueno, decir mía es decir demasiado; es una terraza comunitaria. No es nada del otro mundo, es un piso de aislante plateado asquerosamente lleno de pendejadas. Estos porteños son un poco cochinos, o no digamos cochinos, más bien amigos de la acumulación, un poco como el tío zalo. La terraza es grande y, aunque la vista no es muy alentadora (más bien parece un recuento de los escombros de una guerra), se podrían hacer buenos asados ahí. Pero por ahora solo hay asquerosas canecas llenas de líquidos nauseabundos en los que probablemente se crían los mosquitos que me pican cada noche, una parrilla derruída y tres duendes sin manos al borde de perder la cabeza. Bueno, es una terraza asquerosa, con algunos espacios libres de cosas donde no estaría mal sentarse un día de sol (eso sí, trayendo unas sillitas)... nada del otro mundo, pero tengo terraza.